sábado, 4 de abril de 2020

Mensaje Capellanía Aixa-Llaüt Semana Santa

Queridas familias,
Llevamos ya bastantes días confinados -quién nos iba a decir que utilizaríamos tanto esta palabra para definir nuestra forma de vivir durante un tiempo- y seguro que echamos en falta tantas cosas… 
Al menos a mí, me viene a la cabeza ahora la imagen del aparcamiento del colegio a la salida de clase: encontrarse con unos y otros y detenerse, aunque sólo sea un momento, para saludarse y comentar algo. 
Hay cosas que se han detenido… pero la vida sigue, nosotros seguimos.
El próximo domingo, con la fiesta de los Ramos, empieza la Semana Santa, y en esos días habríamos empezado las vacaciones en el colegio.
Este año serán unas vacaciones especiales, sin duda. Pero seguirá siendo Semana Santa.

De vez en cuando a los alumnos, cuando llegan algunos días de fiesta les pregunto:
-       ¿Sabéis por qué no vendremos al colegio estos días?
 En ocasiones les añado:
-       ¿Sabéis gracias a quién hacemos fiesta?
Como ya me lo han oído otras veces, me responden con seguridad:
-       ¡Gracias a Jesús!
                        …si es Navidad o Pascua.
-       ¡Gracias a la Virgen María!
                        … cuando celebramos la Inmaculada.
-       ¡Gracias a Sant Sebastià!
-       ¡Gracias a San José!
Y así es. Hacemos fiesta porque nos acordamos de ellos. Como procuramos hacer fiesta al recordar el día de nuestro nacimiento o el de las personas que queremos.

¡Hacemos fiesta!
Días de fiesta para recordar.
Días de fiesta para celebrar.

Y ¿qué recordaremos estos días?
Nos lo explica en pocas palabras este texto que lee el sacerdote para introducir la celebración del Domingo de Ramos:

Queridos hermanos: Ya desde el principio de la Cuaresma nos venimos preparando con obras de penitencia y caridad. Hoy, cercana ya la Noche santa de la Pascua, nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual de los misterios de la pasión y resurrección de Jesucristo, misterios que empezaron con la solemne entrada de Jesús en Jerusalén.
Por ello, recordando con fe y devoción la entrada triunfal de Jesucristo en la ciudad santa, le acompañaremos con nuestros cantos, para que, participando ahora de su cruz, merezcamos un día tener parte en su resurrección.

Conmemoramos la celebración anual de los misterios de la pasión y resurrección de Jesucristo, y así, nosotros, participando ahora de su cruz, mereceremos un día tener parte en su resurrección.

Días inimaginables: confinamiento, dolor por tantas muertes y tanto sufrimiento, incertidumbre, preocupación: por la salud, por el trabajo, por la economía en general…

Semana Santa especial, ¡tan distinta a las otras!... Pero Semana Santa.

Con todas estas circunstancias, me vino a la cabeza un texto que forma parte de un libro que leí hacer tiempo, y que releo, en parte,  por estas fechas cada año. Su autor -Bruckberger- recuerda una experiencia que tuvo contemplando un cuadro. Nos confiesa que hace treinta años que lo vio y que, lo que nos transmite en su escrito, es la impresión que le causó.
Anoto esta precisión, porque los detalles que da del cuadro no se ajustan a la realidad: en aquel tiempo no disponía de Internet para poder confrontarlo, y por eso nos deja por escrito, no lo que el cuadro es, sino lo que, en aquel momento, a él le transmitió. Lo reconoce al contárnoslo: seguramente he inventado detalles, nos dice.
Pero, el que no pudiera confrontar con Google sus recuerdos, me parece que a nosotros nos beneficia, porque sus conclusiones son muy ricas y nos pueden ayudar en estos momentos.

Aquí tenéis el texto:

Hace casi treinta años que no he vuelto a Viena. Una de las más poderosas razones que me impulsan a volver es ir a ver el gran cuadro de Brueghel el Viejo llamado Jesús con la cruz a cuestas. Por lo que recuerdo, se diría de lejos un inmenso ramillete de flores. Al acercarse, uno descubre que cada una de esas "flores" es un medallón tratado como miniatura que representa una escena diferente. Entonces se va de descubrimiento en descubrimiento. No recuerdo los detalles, o más bien he vivido tanto con ese cuadro en mi corazón y me ha acompañado tanto, que seguramente he inventado detalles: hay un hombre asaltado por ladrones, una mujer abandonada, un hombre asesinado por la espalda, una madre que tiene en sus rodillas el cadáver de su niñito, un leproso con sus sonajas, una mujer que pare con dolor, un agonizante en su lecho de muerte, un acusado ante sus jueces, un condenado al que van a ahorcar, y prescindo de tantos como invento, pero del significado del cuadro me acuerdo muy bien: es un inventario del dolor humano. Ahora bien, entre todos los medallones, tratado como cualquiera de ellos, ni siquiera en el centro del cuadro, sino perdido entre la masa al azar, está Jesús con la cruz a cuestas.
Brueghel había comprendido que no hay ya angustia, que no hay ya apuro en el mundo en que no pueda tener parte Jesucristo: es uno de nosotros en la miseria común, pero ninguno de nosotros tiene poder para impedir que Jesucristo sea nuestro compañero de miseria. Ha entrado en la miseria del hombre, hasta el punto de que ya no hay, en verdad, ningún dolor humano en este mundo que sea del todo solitario. Ha roto la soledad de nuestra desgracia. En Jesucristo con la cruz a cuestas, Dios ha entrado por refracción en todas nuestras penas.

Jesús con nosotros, uno de nosotros.
Pero sigamos adelante, porque sí nos damos cuenta de eso, entonces experimentaremos lo que nos dice el Papa.

El Papa Francisco nos ha mostrado que la Semana Santa nos recuerda año tras año que, siempre, después de la Cruz llega la Resurrección:

Cuando todo parece perdido, cuando ya no queda nadie porque herirán «al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt 26, 31), es entonces cuando Dios interviene con el poder de la resurrección. La resurrección de Jesús no es el final feliz de una hermoso cuento, no es el happy end de una película; sino la intervención de Dios Padre allí donde se rompe la esperanza humana. En el momento en el que todo parece perdido, en el momento del dolor, en el que muchas personas sienten la necesidad de bajar de la cruz, es el momento más cercano a la resurrección. La noche se hace más oscura precisamente antes de que comience la luz. En el momento más oscuro interviene Dios y resucita.
Jesús, que eligió pasar por esta senda, nos llama a seguirlo por su mismo camino de humillación. Cuando en ciertos momentos de la vida no encontramos algún camino de salida para nuestras dificultades, cuando precipitamos en la oscuridad más densa, es el momento de nuestra humillación y despojo total, la hora en la que experimentamos que somos frágiles y pecadores. Es precisamente entonces, en ese momento, que no debemos ocultar nuestro fracaso, sino abrirnos confiados a la esperanza en Dios, como hizo Jesús. AUDIENCIA GENERAL Miércoles 16 de abril de 2014

Abrirnos confiados a la esperanza de Dios.

Y, en otro momento nos mostraba el camino para lograrlo: 
¿Cómo salir de esa experiencia negativa de abandono, de lejanía de amor? Hay un solo remedio para salir de esas experiencias: hacer aquello que yo no recibí. Si tú no recibiste comprensión, sé comprensivo con los demás. Si no recibiste amor, ama a los demás. Si sentiste el dolor de la soledad, acércate a aquellos que están solos. La carne se cura con la carne y Dios se hizo carne para curarnos a nosotros. Hagamos lo mismo nosotros con los demás». Discurso en el estadio Kerasani de Nairobi, 27-XI-2015

Hagamos lo mismo nosotros con los demás.

Lo que estamos viendo estos días: lo que tantas personas están haciendo por los enfermos; lo que tantas otras hacen para servirnos… Son esas personas a las que salimos a aplaudir cada día puntualmente…
Hagamos lo mismo nosotros: estos días, en confinamiento, con los más cercanos -con los muy, muy cercanos, podríamos decir-.
Porque esto nos debería servir de preparación, de aprendizaje, para 
después… para siempre.

Que no se nos olvide.


El Papa nos lo decía el otro día desde una plaza de San Pedro desierta y bajo la lluvia:  
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

Que no se nos olvide.

Estamos escuchando mucho en este tiempo que esta crisis nos hará mejores, que debería hacernos mejores.
Está en nuestras manos.
Pero debemos tener en cuenta que tendemos a ser olvidadizos.

Leía en un artículo:

Lo más revelador es que las crisis nos siguen sorprendiendo, que el presente funciona como una gigantesca distracción, tenemos una obsesiva atención a lo inmediato, la centralidad que tiene en nuestras democracias el elemento competitivo, nuestra escasa capacidad estratégica y de previsión.

Por eso os decía al principio que esta no puede ser una Semana Santa más, y copio lo que escribía allí:
Conmemoramos la celebración anual de los misterios de la pasión y resurrección de Jesucristo, y así, nosotros, participando ahora de su cruz, mereceremos un día tener parte en su resurrección.

Estamos participando de su cruz, casi sin querer… 
Es el momento -como nos recordaba el Papa- de abrirnos confiados a la esperanza en Dios, como hizo Jesús, y así descubriremos esa bendita pertenencia común: esa pertenencia de hermanos.

Un saludo muy afectuoso a todos.
Capellanía aixa-llaüt

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